El país perfecto y el corazón incompleto

Arriving in Switzerland during Chaos

Hace 4 años y 8 meses llegamos a Suiza. Huíamos de una pandemia que nos había quitado la libertad de elegir a dónde ir, cómo vestirnos y cómo queríamos que nuestros hijos estudiaran.

Alquilamos una casita frente al lago: jardín, terraza, varias habitaciones, sencilla pero perfecta. El colegio quedaba a cinco minutos caminando. Era el escenario perfecto para empezar de nuevo.

¡Claro! como todo comienzo es nuevo y difícil.

 

Knocking  Doors and Finding My “Dream Job”

Toqué varias puertas hasta que conseguí trabajo en el departamento de *Psychological Support* de Foundations for Learning, en Zürich.

A los tres meses de vivir en Suiza, ya tenía oficina en el centro de la ciudad, apoyando a clientes de colegios privados y públicos. My dream job ❤️

My dream job ❤️

En Suiza aprendí a ponerlos porque es una forma de cuidado y respeto propio.

Soltar a mis hijos el duelo silencioso

Cuando nos mudamos, mis hijos eran pequeños: Matthias tenía un un ano y meses y, Emma cinco y Raphi ocho.

El primer obstáculo era yo. No quería que se fueran solos, que se vistieran solos, que se bañaran solos.

Soltarlos, confiar en que podían, fue uno de mis duelos más grandes. Para mí significaba aceptar que ya no me necesitaban tanto como yo creía. Para ellos, en cambio, era confianza, autoestima, libertad.


Otra cultura, diferentes ritmos

Adaptarnos a una cultura con normas y reglas claras, algunas con mucho sentido, otras no tanto.

Vivir en una sociedad tan distinta a la nuestra, en casi todas las dimensiones, nos obligó a crecer, a recrearnos y a descubrir lo fuertes que podemos ser, física y emocionalmente.

Yo, aprendí a cuidarlos y a cuidarme: lo que comíamos, el deporte, mi trabajo, mis horas de sueño. A veces, lo olvidaba, y llegaba el fin de semana sin aliento, con ganas solo de dormir.

 

La soledad que nadie ve

Durante mis sesiones de trabajo, escuchaba historias parecidas a la nuestra: dificultad para hacer amigos, sensación de soledad, vidas que se viven mirando el calendario, contando los días para las próximas vacaciones.

Así llegaba el fin de año, una y otra vez: pocos momentos de café, muchos de estrés, e intentos constantes por replicar en mi casa lo que yo había aprendido en la mía.

Esta experiencia, con todo, fue increíble.


El monje que vendió su Ferrari

Hoy sé que somos mejores personas y que hemos descubierto lo fuertes que podemos ser, incluso hemos aprendido a sentirnos cómodos en el silencio, escuchándonos.

Mis hijos sueñan con llevar a los suizos al Perú:

“Sería increíble que ellos arreglen las carreteras, los túneles, el orden, la limpieza, el cuidado en cada detalle… ¡sería bonito!” Porque , aquí muchas cosas funcionan casi a la Perfección

Y con todo eso aprendimos que nada de eso basta cuando falta algo esencial: una red de soporte, vínculos , la familia

Vuelvo al libro de Sharma: un hombre que lo tenía todo, pero que tuvo que soltarlo para encontrar otro tipo de felicidad .

Mi familia y yo fuimos un poco ese monje: tuvimos los paisajes de Rompecabezas, la seguridad, un sistema que funciona, oportunidades, viajes y educación.

Y aún así no éramos completamente felices

Tenemos nuestros pies como sostén y la sabiduría que es y será nuestra guía.

Sin red, sin raíces, sin familia extendida, lo material pierde su valor .

Hay paz en la decisión que hemos tomado, hay reconciliación; sé que no será fácil y que la ansiedad aparecerá más de una vez.

Pero, como dice Matthias con su sabiduría sencilla:

“Si mamama puede y ella está bien, nosotros también.”

Y quizá, al final, de eso se trata: de encontrar el lugar —externo e interno— donde realmente podamos estar bien.

Por ahora tenemos algo más grande: Familia

Imagen de Annie Plenge

Annie Plenge

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